
La ciudad de Río Grande, en Tierra del Fuego, enfrenta una creciente crisis social que ha llevado a un aumento del 40% en la demanda de asistencia social en los últimos meses, según datos oficiales del área de Desarrollo Comunitario. Las familias, muchas de ellas con ingresos fijos o informales, ya no alcanzan para cubrir necesidades básicas: alimentos, medicamentos y el pago de alquileres y servicios esenciales como luz, agua y gas.
“Antes, las solicitudes venían principalmente de personas en situación de calle o con discapacidad. Ahora, son trabajadores precarizados, jubilados con pensiones mínimas y madres solteras que no pueden con el costo de vida”, explicó una trabajadora social que prefirió no ser identificada. El aumento es especialmente alarmante en barrios periféricos, donde la inflación y la escasez de empleo formal han profundizado la vulnerabilidad.
Los centros de ayuda comunitaria reportan una saturación en la distribución de canastas alimentarias y medicamentos. Algunos vecinos han comenzado a acudir a iglesias y organizaciones no gubernamentales, ya que los programas estatales no alcanzan para cubrir la demanda. “Hoy pedimos un paquete de fideos, mañana una insulina. La semana pasada, una mujer vino llorando porque no podía pagar el alquiler y su hijo tenía fiebre”, relató un voluntario del Centro de Apoyo Comunitario.
Las autoridades locales reconocen el problema. “Estamos reforzando la red de contención, pero los recursos son limitados y la demanda crece exponencialmente”, señaló el subsecretario de Desarrollo Social. Aseguraron que se están articulando acciones con provincias vecinas y el gobierno nacional para acceder a fondos de emergencia, pero hasta el momento no hay una respuesta concreta ni un cronograma definido.
La situación se agrava en un contexto de baja producción local y altos costos de transporte, que encarecen aún más los productos básicos. Río Grande, con poco más de 80 mil habitantes, se convierte así en un termómetro de la crisis social que afecta al extremo sur del país: donde el frío no solo se siente en el aire, sino en las cocinas vacías y los bolsillos vacíos.
Mientras tanto, los vecinos organizan trueques, colectas y jornadas de donación. “No esperamos que venga el Estado a salvarnos. Pero sí que nos escuche”, dice una vecina de 58 años que vende empanadas en la calle para pagar el gas. En Tierra del Fuego, la solidaridad se ha convertido en el último recurso.