La generación que estamos perdiendo en el asfalto.
Por Sebastián Horacio Trovato.
Analista de seguros y siniestros viales.
Hay una tragedia que ocurre todos los días en Argentina y que, con el tiempo, hemos
empezado a naturalizar. Mientras otros problemas ocupan el centro del debate público,
miles de familias reciben una noticia que cambia sus vidas para siempre: un joven murió
en un siniestro vial.
Lo más preocupante es que estas muertes siguen siendo una de las principales causas de
fallecimiento por causas externas en nuestro país, en todas las edades, pero los jóvenes
continúan representando uno de los grupos más afectados. Cada cifra refleja un proyecto
de vida que no llegó a desarrollarse, una familia destruida y un futuro que nunca será.
Como alguien comprometido con la seguridad vial, me pregunto una y otra vez: ¿por qué
seguimos perdiendo a tantos jóvenes?
La respuesta no está solamente en el estado de las calles o de los vehículos. El principal
factor sigue siendo el humano. Exceso de velocidad, alcohol, distracciones, uso del
teléfono celular y desprecio por las normas son decisiones que siguen costando vidas.
Por eso insisto en hablar de siniestros viales y no de accidentes. Un accidente es un
hecho inevitable; la mayoría de estos hechos pudieron prevenirse.
Pero hay algo que me preocupa aún más: muchos jóvenes han dejado de percibir el
riesgo. Conducir rápido, desafiar las normas, salir de un boliche y manejar después de
beber o mirar el celular mientras se conduce se han convertido, para muchos, en
conductas habituales. Cuando el riesgo se naturaliza, la imprudencia deja de verse como
una excepción y pasa a formar parte de la rutina.
Esa naturalización encuentra explicación en la anomia social activa: sabemos cuáles
son las reglas, pero elegimos ignorarlas porque creemos que "a nosotros no nos va a
pasar" o porque vemos que otros hacen lo mismo sin consecuencias inmediatas. El
problema es que, tarde o temprano, los límites aparecen.
Existe una frase que siempre me invita a reflexionar: "Chocar no es casual, es una manera
de encontrar un límite." Quien decide superar los límites de velocidad, conducir bajo los
efectos del alcohol o ignorar las normas termina encontrando un límite que antes eligió
no respetar. Y muchas veces ese límite llega de la peor manera.
Sin embargo, no podemos cargar toda la responsabilidad sobre los jóvenes. La educación
vial comienza en casa. Los hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que
escuchan. Si los adultos incumplimos las normas, difícilmente podamos exigir conductas
diferentes a las nuevas generaciones. Del mismo modo, el Estado tiene la obligación de
enseñar educación vial desde la escuela, formando ciudadanos responsables y
conscientes de las consecuencias de cada decisión en la vía pública.
No quiero que este sea un artículo más sobre estadísticas. Quiero que sea una invitación
a reflexionar. Detrás de cada joven que muere hay una historia que pudo haber
continuado. Y detrás de cada conducta imprudente hay una decisión que pudo haber sido
distinta.
La seguridad vial no depende solamente de las leyes o de los controles. Depende, sobre
todo, de nosotros. El día que dejemos de normalizar la imprudencia y empecemos a
valorar la responsabilidad, habremos dado el primer paso para dejar de perder a una
generación en nuestras calles y rutas.