Entre las leyendas guaraníes que pueblan la selva misionera, la del Pacaá es una de las más tristes: la historia de un hijo ingrato que, por desamor hacia su madre, fue castigado por Tupá y convertido en un ave cuyo canto nocturno suena como un eterno lamento 🐦.
El joven haragán y la tinaja de oro 💰
Cuenta la narración que un joven muy haragán y perezoso, que nunca duraba en ningún trabajo, vivía en un humilde rancho con su anciana madre, que lo amaba y se desvivía por atenderlo. Pero un día el joven desapareció de su hogar: había encontrado una tinaja con monedas de oro y joyas con piedras preciosas.
La fortuna le permitió comprar propiedades, ganado y hasta una estancia donde se radicó, rico y feliz, mientras su madre lloraba amargamente: con el paso del tiempo y sin noticias, pensó que su amado hijo había muerto.
La visita de la madre en una fría noche ❄️
Pero un día, un vecino del rancho se enteró de la nueva vida de aquel joven egoísta y se lo contó a su madre. Entonces, una fría noche de invierno, la anciana se presentó en la estancia, enferma y hambrienta. Quiso abrazarlo ante su indiferencia y le pidió que le cebara unos mates para reconfortarse por la larga travesía que había hecho caminando.
El mal hijo se negó con altanería, diciendo: ¡Opá el caá! ("se acabó la yerba").
El castigo de Tupá 🌙
Entonces Tupá, su Dios, lo castigó por su desamor y su ingratitud: lo transformó en un ave que, al atardecer, cuando llega la noche, deja oír su canto triste, que suena como un eterno lamento: Opá el caá, opá... — "se acabó la yerba".
Dicen que aún hoy, en los humedales y montes de Misiones, el Pacaá sigue llorando su castigo cada noche.